Momentary

Momentary, Akira Kosemura

Siete años.

¿Tanto tiempo ha pasado ya?

Tanto.

Y aún siento el tacto frío de tu piel en la mía. Me sorprendo muchas veces preguntándome qué pensarías tú de esto o aquello, qué harías en cualquier situación de las que, a los que seguimos latiendo, nos aguardan día a día. 

No he vuelto a sentir tu olor en ninguna parte. Ya no permanece impregnado en tu ropa ni en tu habitación. Es una tontería, pero lo echo de menos.

Este año voy a comprarte rosas. Rosas, nada de margaritas. Las deshojaré para ti, para que el mar las meza y vengas a mi lado y te bañes junto a mí. Hablaremos en silencio por un momento. Entonces podré afrontar otro año entero de tu ausencia, hasta que vuelva para compartir contigo otro rato y me pregunte de nuevo si es cierto que pasó tanto tiempo ya.

Te quiero Silvy. Cada día te echo de menos. Cada día pienso en ti.

Lauhra

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In the summertime

In the summer time, Mungo Jerry

Hace calor. 

Mucho calor.

Tengo la neurona frita. 

Dejo las tareas en pendientes un día tras otro. 

Me gusta el verano en general, es un tiempo que relaciono con la anarquía de horarios, el relax de tumbona y libro, salir, amigos y copeo. Todo a un ritmo relajado, sin agobios. Soy una gran defensora (y practicante) del dolce far niente. Cuando tenía a mis hijos pequeños, me gustaba pasar el tiempo con ellos sin hacer absolutamente nada. Pintar folios o libretas, bañarnos en el charquito de mi terraza, ver dibujos en la tele, poner un DVD una y otra vez, jugar con plastilina. Compraba cada año cuadernos de verano y cada año los tiraba sin apenas tocarlos. En vacaciones, ¿a quién le gusta trabajar? Pues eso. 

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Ais… el caso es que escribo poco. No por falta de ganas ni inspiración que, aunque lenta, aún está ahí, runruneando. Y es que ya no es como antes, que la llegada del estío significaba que no había que madrugar para ir al cole y las rutinas se rompían. Ahora sigo levantándome a poner las calles apenas amanece hasta que llega el período de descanso de la empresa. Adiós a aquellos veranos eternos de la infancia (mía y de mis hijos). Y con este calor, me cuesta subir a la mesa donde tengo el portátil donde escribo. Ya, sé que pensáis que siendo portátil, lo suyo es que lo mueva donde sea conveniente, pero incluso eso me da pereza. De todas formas, os leo en el móvil y mi conciencia me dice que no tengo perdón, porque no comento nada. Pero os leo, de verdad de la buena. 

Me he dicho que tenía que aprovechar el respiro que nos ha dado la canícula este par de días y venir a sacar las letras por aquí. Y eso he hecho. Además, me voy a traer una canción que me recuerda a mi niñez y a mi hermana, porque nos gustaba mucho. 

Te quiero Silvy

Hasta mañana… o no. Lauhra

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La levedad y la importancia de un beso (globo).

Intro, La cour secrète des arcanes. Corto Maltese.

 

¿Qué haríamos sin los besos?

Un pedacito de rostro lo recibe a veces. El dorso de una mano, el pliegue de un brazo. La punta de una nariz, la esquina de una boca. El detrás de una oreja, el principio de un cuello. Siempre encontramos el lugar para dejarlo a su dueño. También es cierto que a veces lo robamos. Y otras lo damos a lo intangible del alma.

Un beso dice y encierra tantas cosas… 

Un hola alegre, divertido, entusiasta o impaciente acompaña al beso esperado. Un adiós triste, esperanzado, definitivo, temeroso del fin, va con el beso despedido. A veces es fugaz y otras eterno. Lo que sí es cierto, es que quien lo da lo llena para el que lo recibe, y que no deja indiferente a ninguna de las dos partes. Para bien o para mal.

Un beso nace en el corazón. Así pues, puede ir lleno de cariño, pero también de odio. Puede incluso vestir de indiferencia. También de obligación. 

Sean como sean, siempre, siempre, son para alguien. Aunque alguna vez los lancemos al aire. 

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Mis besos globo nacen en mi otro blog, fruto de imaginaciones verborreicas. Vuestras y mías. Mías y vuestras. No sé exactamente cuándo empezó, pero fue una necesidad. ¿Cómo hacer llegar un campo de amapolas mecidas por el viento de abril con un beso? La espuma de mar traída por las olas desde una isla mediterránea, empujadas por el tridente de un dios. La arena dorada, mojada de lluvia y mezclada con verde norteño. El alegre olor de las mandarinas en una tarde soleada. El vaivén de una vieja mecedora en el porche y el rumor de las hojas cayendo en otoño. Un abrigo cruzado de marinero, envuelto en vapores opiáceos, danzando al son de una gaita, con un perro verde escondido en su interior. Las pisadas pesadas en la nieve fría, rodeadas de silencio azul.  Decidme, ¿cómo?

Las até a un globo. 

corto1Cualquiera de esas cosas maravillosas que yo quería compartir con vosotros y vosotros conmigo, encerradas en un beso y atadas a un globo que soltaba para que llegara hasta su dueño. Y los besos globo se convirtieron en algo muy mío, muy Holly*.

Recibir un beso globo no es poca cosa, como veis. Significa que sois importantes. Recogedlo con cariño y hacedlo explotar cómo y dónde y cuándo queráis y más os apetezca.

Te quiero Silvy.

Lauhra

*Holly es mi nombre, o mi apodo, o mi nick, en Desayunos en Bruto.

Ps. ¿Por qué me he traído a Corto? No sé porqué extraña razón Corto y los besos globos van de la mano en mi cabeza, no entiendo la conexión que pueden tener, pero ahí está.

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Olor a lluvia y tarta de limón

Just Breathe – Pearl Jam

Hace dos días me pusieron la segunda dosis de la Pfizer. Pronto estaré inmunizada, o eso dicen. Ayer fui a trabajar y faena tuve para acabar las ocho horas. Me pasé la tarde en la cama con fiebre baja (soy rara hasta para eso) y dolor en el brazo y el costado donde me habían administrado la dosis. Cuando me levanté a eso de las once de la noche a por otro paracetamol, el mundo daba vueltas a otro ritmo que no era el mío y tuve que sujetarme a las paredes para llegar a la cocina.

Pero hoy es otro día. 

Hoy hace diecinueve años que nació mi hijo Hombre tranquilo* y es el primero que pasamos separados por mil kilómetros. Normalmente preparo una tarta con antelación para que pueda soplar las velas este día. Lo hago con cada uno de mis tres hijos. Todos tienen su preferida. Hombre tranquilo, una tarta fresca de limón. Había pensado prepararla igualmente aunque él esté lejos, pero como ya os he dicho, he tenido dos días de no estar muy bien. Así que me encuentro en este día sin siquiera una tarta.

Es un día raro. Porque me siento bien pero, a la vez, invadida de una sensación de vacío. Además llueve. El olor a lluvia me gusta. Hace que imagine el calor del suelo, de la tierra, de los edificios, de los bancos del paseo, del césped del parque, de los árboles del bosque… elevándose hasta el cielo gris y desprendiendo en el camino partículas diminutas de todos ellos. Todas juntas, mezcladas con la lluvia, vuelven a nosotros en ese peculiar olor. Petricor, se le llama. Por fin se respira.

Breathe, que dicen en Star Wars.

Te quiero Silvy.

Quizá me anime y haga la tarta, Lauhra.

 

 

 

Hombre tranquilo* es el apodo de mi hijo y como me refiero a él si necesito nombrarlo en algún post.

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Ser o no ser, inspiración o inspirado.

 

Hoy escuchaba un podcast sobre escribir (sí, escucho todo tipo de cosas, incluso “cómo leer coreano” #memeodelarisa) y hablaba sobre escribir cuando te viene la inspiración: mientras o después de ver una película, leer un libro, mirar un cuadro, escuchar una canción… Con escribir se refería a cualquier cosa: una frase, idea, palabra o un texto completo. Todo en aras de aprovechar la inspiración, llegue en el momento que llegue. 

Ya sabéis lo mío con la música y que escribo en muchas ocasiones atravesada y a través de ella. Escuchando al narrador me he preguntado si solo así me inspiro y la verdad es que no. El otro día salí a tender y supongo que recordáis el post larguísimo, o el día de la lluvia y las golondrinas, o el del cielo maravilloso. El caso es que he parado la reproducción del episodio para ponerme a escribir en un trozo de papel (en esta ocasión, la parte de atrás de la hoja de un calendario, que me ha pillado en el zulo) las ideas para lo que os cuento aquí y ahora. ¿No os pasa que cuando alguien habla, no podéis ordenar en la mente lo que escribís?   

El hombre describía el entorno adecuado para que la inspiración llegue, que no es otro que un espacio apacible, ordenado y silencioso, delante de tu hoja en blanco u ordenador. Pero también admitía que eso no ocurre la mayoría de las veces. Puede parecer lo ideal pero no es así y, en mi caso, debo darle la razón. 

También decía al oyente que un escritor nunca deja de escribir. Lo cual es cierto, bajo mi punto de vista. Uno no deja de escribir, aunque sea mentalmente, cuando algo lo inspira. En cualquier superficie. Ya confesé que hoy utilicé el reverso de una hoja de calendario; más concretamente, el detrás del mes de agosto del 2018.

Tal vez debería llevar siempre conmigo una libreta, pero la verdad, ahora intento no llevar mi bolso hasta los topes. Además, como la inspiración me pilla incluso en la taza del váter, de poco serviría la libreta en mi bolso. Y esto me lleva al recuerdo de un pasado no muy lejano, cuando llevaba a mis hijos a música y lo “único” que hacía era esperar por tres horas a que salieran, ya que Calimera iba en un horario y Hombre Tranquilo en otro. Mi pequeña Princesa se llevaba los colores y el bloc de dibujo y esperaba conmigo, hasta que tuvo edad de asistir ella también a clase. Dejaba a una en clase y yo me iba con los otros dos al bar musical de abajo a tomar un té, cargada con las mochilas y mi bolso. Pronto mis hijos aprendieron a subir y bajar cuando era su hora de clase; en fin, que yo era como una estación interestelar, la nave nodriza, con naves saliendo y entrando a lo largo de las tres o tres horas y media que me pasaba en el local. Tardé poco en ir a una papelería, harta de escribir en las servilletas de papel, y comprar una libreta y un estuchito mono para llenarlo de bolígrafos de colores. Aunque luego solo utilizaba el azul, los otros los gastaba Princesa en sus dibujos. De vez en cuando, un padre nodriza me preguntaba que qué escribía (me veía tan concentrada siempre) y si algún día se lo dejaría leer… debía pensar que yo era una especie de J.K. Rowling. Nada más lejos de la realidad. Ahora que lo pienso, creo que ese padre estaba realmente muy intrigado. Por norma, ya que nuestros hijos iban juntos a varias clases, nos saludábamos amigablemente y cada uno se sentaba en su mesa. Pero cuando le podía el gusanillo de la curiosidad, me pedía si me importaba compartir mesa, lo cual daba al traste con cualquier momento de inspiración que yo tuviera. Casi siempre que esto sucedía, el tema de conversación acababa desembocando en mis libretas, lo que las llenaba y cuándo y porqué

¿Por qué escribo? ¿Cuándo empecé? Desde luego, no fue en el bar mientras ejercía de nave nodriza. 

Escribir es terapéutico, algo mágico. Y pienso que mi cuándo más cercano viene ligado a un porqué e incluso a un quién y un dónde. El porqué es variable: unos días es para mitigar el calor o el frío o el aburrimiento, otros para sentir que tengo vida a parte de la de ser estación interestelar, otros para no caer en la tristeza, otros porque tengo algo que contar y otros porque no, otros para no enloquecer. Creo que eso nos sucede a todos. Mi primer cuándo es desde que mi madre me enseñó a leer y escribir con dos o tres años y empecé parvulario siendo la única niña lectora y escritora, #memeodelarisaotravez. Es cierto, lo juro por Audrey Hepburn. Claro está que, en esa época, la calidad de mis relatos era nula. La p con la a, pa. La m con la a, ma. Por suerte, fueron evolucionando en forma de redacciones y más tarde en escritos adolescentes cargados de frustración. Luego pasé un período de sequía, donde lo único que hacía era devorar libros. Mi segundo cuándo es cuando mi hermana Silvia me creó un email y me empujó a abrir un blog. Seguramente pensó que necesitaba escupir las letras que se me atragantaban en la boca y compartirlas.

El podcast se acabó enseguida y me puse a escuchar otro sobre una entrevista a Murakami. Pero ahí han quedado todas mis reflexiones inspiradas en las que se hacía el locutor, que de hecho, de eso trataba su podcast. 

 

Te quiero Silvy

Lauhra

PS: Hoy me he traído a Pau, porque es el día en el que hace un año que no está y porque sí. Además, una canción alegre, de hace unos años. En el fondo, Pau siempre nos arengaba para vivir a tope.

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