La espuma del café

Desayunos en bruto

My Story, Ha Dong Qn – OST Lost

 

Estoy sola, en un bar donde nunca antes había estado. Un chico joven se ha acercado y me ha preguntado si quería algo. Un café, le he dicho. Ahora tengo la taza delante de mí, en la mesa. Aparto el azucarillo, doy un sorbo y devuelvo, muy despacio, la taza a su platillo. Miro absorta la espuma que cubre la superficie.

Así contado, no es nada. No parece nada. Y sin embargo, lo es todo.

Con los años, he llegado a comprender e incluso compartir ese sentimiento… no, ese estado de saddening en el que parece que nos instalamos a una cierta edad. Muchas veces me dicen que mis escritos son así, melancólicos, incluso opresivos. Quizá tengan razón. Creo que tiene mucho que ver con los momentos. Siempre he envidiado a la gente que no vacila, que toma decisiones, tal vez…

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201/365 con música, Duke Ellington y Murakami

Duke Ellington, The Star-Crossed Lovers

 

La noche pasada me ocurrió algo extraño. O fabuloso, no sé. Tal vez las dos cosas. 

Eran casi las nueve. Estos días ha refrescado lo suficiente como para llevar chaqueta y también para que el tiempo típico de esta estación arranque los vapores de la tierra cálida y nos regale neblinas otoñales. Yo caminaba con las manos en los bolsillos de mi gabardina y mirando de no meter el pie en algún charco. He pasado cientos de veces por esa calle y meses atrás vi como hacían obras en ese local, pero nunca lo había visto abierto. Ni siquiera me había fijado en el nombre. Quizá fue que alguien abrió la puerta justo en el preciso momento en que pasaba por delante y las notas de un saxo llamaron mi atención, o tal vez sólo fue que, desde la fría niebla, la luz tenue del interior me pareció cálida y acogedora. En esta vida todo es un  quizá o un tal vez o un no sé explicarlo. De repente sentí la necesidad de entrar y acompañada del sonido de mis tacones en el suelo adoquinado, me dirigí hasta la puerta y la empujé.

Lo primero que vi fue al quinteto de músicos de jazz al fondo. Estuve parada de pie unos minutos, escuchando. Me arrepentí inmediatamente de haber escogido pantalón y camisa al vestirme esa mañana. De haber llevado un vestido cruzado con falda de tubo, habría caminado de forma sinuosa hasta la única mesa vacía, próxima al bajo escenario. Hubiera sido muy sensual avanzar a ritmo de Sophisticated Lady entre la gente sentada en esas mesas, distribuidas de forma aleatoria y que ocupaban gran parte del local. Pero desistí, desechando esa imagen de mi mente tan rápido como había llegado a ella. Si entraba una pareja, sería lógico que la ocuparan ellos antes que yo, que iba sola. Además, a mi me basta con un asiento en la barra y a veces, ni eso. Elegí un taburete cerca de la entrada y no me percaté de que había otra persona sentada en solitario, igual que yo, hasta que el quinteto acabó su pieza y aproveché para buscar al barman con la mirada para pedir alguna bebida. 

Os voy a confesar que, en ese punto, estaba tan metida en situación, que hubiera pedido un Old Fashioned con cereza al marraschino incluida pero, por una de esas razones inexplicables y providenciales de la vida, recordé el día que era y me limité a una copa de vino. Para cuando el camarero volvió a acercarse con la botella y la copa, yo ya había hecho infinidad de cábalas y suposiciones sobre la edad del hombre y el porqué de su soledad en la barra, e imaginé que si él había notado mi presencia, había hecho lo mismo. ¿Qué otra cosa puedes hacer entre canción y canción aparte de agitar los hielos en el vaso de whisky? El quinteto arrancó con otra de Ellington. Me giré a mirarlos y, por segunda vez en esa noche, deseé llevar otra ropa. Incluso otro peinado. Un vestido largo de color champán y los rizos debidamente peinados y dominados bajo laca, cayendo en ondas doradas por la espalda. También me imaginé subiendo al escenario y, poniéndome al micrófono, me vi entonando What am i here for como si fuera Ella Fitgerald. Pero, primero que no sé la letra y segundo que tampoco sé cantar.

La canción acabó cuando yo apenas había dado dos sorbos a mi copa, así que no tenía excusa para girarme a pedir otra y observar al hombre, sentado cuatro o cinco taburetes más allá, casi al final de la barra. Me entretuve observando a los músicos. Deduje que iban a tomarse unos minutos de descanso cuando vi al pianista dar un trago al vaso de whisky, al batería encenderse un cigarrillo y, tanto el saxo como el trompeta, desaparecer del escenario. El único que permanecía en posición era el contrabajo que, abrazado lánguidamente al cuerpo voluptuoso de su instrumento, esperaba la vuelta del resto. Me fijé de nuevo en el pianista. Imagino que estar en una misma tesitura, copa o vaso en mano, hace que dos miradas se crucen. Y eso pasó. Mantuvimos esa conexión largos segundos, hasta que la figura del camarero se interpuso al acercarse al músico, intercambiaron varias frases entre ellos y luego, ambos miraron a la barra. Primero en mi dirección y después en la del hombre sentado al otro extremo. Los vientos volvieron y en pocos segundos, el piano empezó a sonar. 

No podía creerlo. The Star-Crossed Lovers. Me dio por pensar que, si el hombre solitario era japonés, probablemente el vino me había subido más de la cuenta. En ese punto era tontería ser discreta y guardar compostura, así que lo miré descaradamente; incluso me apoyé en la barra y me incliné hacia delante, para ver mejor su cara. Pero él continuó absorto, con los ojos pegados al líquido blanquecino de su combinado que, por el color, diría que era un Vodka Gimlet. Lo que yo os diga, japonés seguro. Empecé a preguntarme qué hacía yo allí, como la canción de antes, metida en el Robin’s Nest. Miré recelosa mi copa de vino, casi acabada, y me prometí que era la última vez que bebía entre semana. 

Un roce suave en mi antebrazo me estremeció. Volví a prestar atención a mi alrededor y por poco no me caigo del taburete. El hombre, que ya os confirmo ahora que sí era japonés, estaba sentado justo a mi lado y por encima de la barra paseaba un gato tricolor como Pedro por su casa y a ritmo de jazz. Eso mismo me pregunté yo, qué hacía allí un gato, pero tened en cuenta que a este escritor le gustan mucho los gatos, así que tampoco es raro. Bueno, no más raro que todo lo demás. He de deciros también, que en las distancias cortas se ve mayor, pero que tiene cara de buena gente.  Fijaos si es buena persona que pagó la copa y me regaló el libro que llevaba consigo.

Y si os estáis preguntando si me dijo algo —, el hombre, no el gato —, debo decir que no, ninguno de los dos lo hizo. ¿Acaso alguna vez os han hablado en sueños? Porque ya me explicaréis qué fue eso si no. Bueno, también es cierto que a mí sí me han hablado en sueños, pero que la noche pasada no fue el caso. Luego recordé que hacía dos o tres días que acabé Al sur de la frontera, al oeste del sol y todo tomó “algo” de sentido. 

Hoy he vuelto a pasar por la misma calle y el local sigue en obras y ni siquiera va a ser un bar, si no una pastelería.

En fin…

Hasta mañana… o no. Te quiero Silvy.

Lauhra

 

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36 fotos para un fin de semana.

¿Cuántas fotos? ¿Cuántos días se comprendían en un carrete? ¿De 24? De 36 fotos para un fin de semana.
Inicio así una serie de relatos, basados en una frase dicha al azar durante una conversación de Messenger con mi perro verde favorito.
Disfrutad de la lectura.

Desayunos en bruto

36 fotos para un fin de semana

1-1A

Relatos basados en una frase dicha al azar durante una conversación de messenger con mi perro verde favorito

I’m alwais by your side – John Park

07:32:49

¡Ahhh! Como cuesta levantarse temprano un sábado. Por suerte dejé hecha la maleta ayer noche. ¿Sara estará ya esperándo en la estación de autobuses? Siempre es tan puntual… Debo darme prisa. ¿Lo llevo todo? A ver: DNI, la cartera, los billetes, gafas de sol, llaves de casa. Bien.

¡Ah! Casi lo olvido. La cámara de fotos. ¿Llevo carrete? De 36, sí.

 

07:54:03

Cuanta gente. Salida 04. Salida 07. Salida 08, esta es. ¿Dónde estará Sara?  Demasiado barullo de bolsas y gente, así es imposible, no puedo verla. Espero que esté dentro del autobús. ¡Pero qué digo! Si llevo yo los billetes.

 

07:58:24

Es raro que Sara no esté aquí. ¿Se habrá dormido? El…

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Cuando un día cualquiera deja de ser un día cualquiera.

Hacía escasos minutos que la pequeña se había quedado, por fin, dormida. Pronto empezaría el curso y yo quería aprovechar esos últimos días en que ella aún sería un bebé y dejarla disfrutar de la siesta que pronto desaparecería de su horario.

Encendí la tele, más por costumbre que por el interés real de saber qué pasaba en el mundo, comprobé que el volumen no estuviera demasiado alto para no despertar a la niña, elegí un canal al azar. Me dirigía de nuevo a la cocina a acabar de secar cacharros y prepararme un café. A pesar de no dar mucho crédito a las noticias, hay gestos y costumbres que una repite sin darse cuenta. Imagino que es una forma de atarte al suelo de la vida. Nunca llegué a hacerme ese café.

Al principio observaba la pantalla de pie, el paño de la cocina entre las manos, con la intención de escuchar y luego ir a poner la cafetera. Luego fui bajando lentamente hasta quedar sentada en el sofá, con un nudo en el estómago, estupefacta. Levanté el auricular del teléfono y llamé al padre de mi hija. No recuerdo por qué motivo él no estaba en casa, es una fecha festiva aquí, pero así era. Necesitaba contarle lo que estaba pasando. Pasé una o dos horas sentada al borde del sofá, sin poder quitar los ojos de la pantalla, con una angustia horrorosa y las lágrimas corriendo a sus anchas por mi rostro. No recuerdo tampoco a qué hora despertó mi hija de su siesta, porque la dejé dormir todo cuanto quiso. Sabía que en cuanto ella despertara, la tele dejaría de funcionar en casa. No quería que ella viera, a sus dos casi tres años, el principio de un final. Porque ya en aquel momento, mientras el mundo lo miraba en directo a través de las pantallas de televisión, sabíamos que todo iba a cambiar. 

Después de ese día cualquiera, ha habido otros días donde la noticia me ha dejado acongojada y pegada al asiento, pero ninguno como ese, cuando deberíamos haber empezado a preguntarnos si lo estábamos haciendo bien en vez de buscar y demonizar culpables. Esto último lo puedo decir ahora, claro está, desde la perspectiva del tiempo. Veinte años no es nada, que dice la canción. Pero también veinte años, para las personas que perdieron a un ser querido, puede ser una eternidad. Me da la impresión de que ese día cualquiera fue una más de las muchas fichas de dominó que caen en sucesión, para formar un esperpéntico dibujo del horror.

Mi hija no quiere oír ni ver nada de ese día. Dice que luego no es capaz de parar de pensar en ello durante más de una semana, que le quita el sueño y le remueve absolutamente todo. Así que no me deja siquiera que le cuente qué hacíamos nosotros ese día. Ni me deja ver vídeos, ni comentar artículos sobre el tema, ni entrevistas. Es curioso, porque yo quise proteger su inocencia infantil, pero ahora me gustaría sacudirla con esa realidad oscura y terrorífica para hacerla fuerte y sensata. No para que viva con miedo, si no para que lo haga con conciencia, justicia y libertad. Para que luche pacíficamente por todas esas cosas, para ella y para el resto de personas del planeta. 

Aprender. Deberíamos aprender. Memorizar, no los hechos, si no las emociones. Tal vez así no queramos repetirlas. Ni para nosotros ni para los demás.

Lauhra.

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200 de 365 días con música, El Poeta Halley

Love of Lesbian – El Poeta Halley

Hace tiempo que pienso en esta entrada. Cuando empecé a verle las orejas al día 200 con música supe que la canción elegida debería ser especial, así que me subí las mangas de la camisa para adentrarme en mis recuerdos musicales y rebuscar. La verdad es que me costó poco encontrar la adecuada (al contrario que a Santi Balmes con su palabra justa), porque desde que escuchas esta canción comprendes que es de una brillante inteligencia. 

Me gustan las canciones que esconden en sus letras maneras de hacerte pensar, con esos dobles sentidos sutiles pero de una fuerza increíble. El Poeta Halley es un cuento lírico. Trata del amor a las letras, del profundo significado que tienen, del poder que encierran en ellas dependiendo de cómo las utilicemos, del placer que proporcionan cuando las comprendemos, de la infinita felicidad de encontrar la adecuada después de una exhaustiva búsqueda. 

Pasemos a lo que toca, por norma. El Poeta Halley forma parte del octavo álbum, de mismo título, de Love of Lesbian. Salió en marzo del 2016, consta de 13 canciones, esta es la última, y en ella contaron con la participación de Joan Manel Serrat recitando la parte final.

Otro extra que tiene este disco es como se nos presenta. La caja del cd es preciosa. Tanto, que la obra del ilustrador Sergio Mora se llevó un Grammy al mejor diseño de packaging. Así pues, es una obra completita. Música ilustrada.

No sé qué más contaros sobre la canción, creo que escucharla es suficiente. Tal vez no os guste el indie español, pero dadle una oportunidad. Love of Lesbian es uno de los grupos “de casa” que me gustan, junto a Izal y Vetusta Morla.

En fin, eso es todo por hoy, que para ser la primera entrada después de las vacaciones estivales, ya está bien. Que disfrutéis de la palabra y gocéis la música.

Hasta mañana… o no. Lauhra.

Te quiero Silvy.

 

 

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