198 días con música, Faust

A ver, ¿por dónde empiezo…?

Tomad aire, relajaos y confiar en mí. Por que, ¿os fiáis de mí, verdad? Escuchad con la mente abierta y dispuestos a saltar de la silla en cualquier momento. Si sois valientes, subid el volumen a tope.

Hace días que os digo que voy a poneros música “rara”, de esa que a mi me mola encontrar fruto de serendipias, propiciadas por Netflix y Spotify en este caso. Os he dicho también muchas veces que estoy inmersa en un agujero negro, de succión extrafuerte, desde el confinamiento domiciliario de hace un año. La culpa es de Netflix y mía, a qué negarlo, por seguir sus recomendaciones y clicar el play en una serie coreana. De ahí pasé a otra y así, hasta el infinito y más allá. Descubrí una especie de mundo paralelo (no es broma) el cual me estaba perdiendo y decidí sumergirme hasta el fondo. Y en eso estoy.  Pero eso es otra historia que ya contaré en otra ocasión, lo prometo. Bien, a lo que iba. De Netflix pasé a Spotify a buscar OST y de ahí a música relacionada y… bueno, ya sabéis. 

La primera vez que escuché una canción de Guckkasten quise volver a tener 25 años. Ojo, no me “sentí como”, quise “volver”, literal. No con esta edad madura y aprendida (me meo de la risa), si no a mi yo con 25. Sé que hubiera buscado la manera de ir a un concierto de Guckkasten y saltar en medio de la gente de las primeras filas. Ahí, en el mogollón, como a mi me gusta. Birra en mano y desmelenada a tope. Venga va, os pongo la música.

Guckkasten, Faust

“Faust”, de Guckkasten, 2009. Forma parte del primer álbum de la banda, titulado con el nombre del grupo, un tanto accidentado, ya que tuvo que ser re-grabado porque el original (guardado en un disco duro) se perdió, así que salió por dos veces. No tiene desperdicio, ninguna de las canciones. A mi me mola mucho la que os traigo, es que no puedo evitar mover alguna parte de mi cuerpo, esté donde esté, cuando la escucho. Mis compañeros de trabajo dan fe de ello, (escucho música con auriculares, soy todo un cuadro en el curro, los inalámbricos, los auriculares de protección, las gafas y la mascarilla). Si me habéis hecho caso y tenéis el volumen a tope me entenderéis. Esta canción lo tiene todo. Cambios de ritmo, guitarreo, batería a tope (me encanta, buscad videos y fijaos en él) y la voz del cantante Ha Hyun Woo. Por dios, como me gusta la voz de este tipo. Es tan peculiar, no puede dejarte indiferente. 

El significado de la canción… bueno, es que hay que explicar primero lo que es Guckkasten. El nombre del grupo es, antigua caja de mirar imágenes, en alemán. Ellos mismos se traducen como “antiguo caleidoscopio chino”, que digo yo que les deben haber preguntado mucho sobre el nombre. El caso es que sí que son como un caleidoscopio, fusionando elementos de electrónica, rock, indie, etc, etc. Y me atrevo a decir que la voz de este hombre suena como a cantante de música tradicional coreana  o Gukag. No sé pero, podría ser que el nombre fuera subliminal. Y dicho esto, “Faust”: La escribió el cantante después de leer Fausto, de Goethe. Dicho por él mismo: 

“El lema de esta canción es la cita ‘La vida está por delante. Cuando voltee la mirada, verá la muerte dentro de la vida ( * traducido del coreano; puede no ser similar a las traducciones en otras lenguas del texto original en alemán ) del Fausto de Goethe . La canción habla del hastío, la muerte y el despertar repentino “. 

El murmullo incoherente en el medio de la canción, es una lectura enmascarada del siguiente texto: 

“Es peligroso. Si extiendes tu mano no puedo evitar bailar. Tus zapatos carmesí de cuero marroquí. Bailando exuberante, exuberantes pasos carmesí, magullan mi sombra roja. Sin embargo, no quiero soltar tu mano”.

No me voy a extender más. Me gustan. Un mucho. ¿Se nota, no? Os dejo un extra, mucho más tranquilo, de ellos también. Para descansar un poco vuestros oídos.

Guckkasten, Lost

Hasta mañana… o no.

Te quiero Silvy, a ti estos te perforarían los tímpanos, lo sé.

Lauhra

Ps. Por cierto, prometí relato por partes en el otro blog y ya subí la primera… con banda sonora coreana. Por si queréis escuchar algo más tranquilo y seguís con ganas de leer-me, <- clicad ahí.

Ps.2 Otra cosa, si no habéis acabado cantando la-la-la-lara-la-la-la-lara-la… id al médico.

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Hace un año… otra vez.

Pues sí, hoy hace un año que faltas, papa. Creo que empiezo a tener demasiados “hace un año”. Al igual que con Silvia, llevo más de un mes contigo en la mente a todas horas, cualquier cosa que hago me recuerda a ti. No es que el resto del año no te piense, tú y Silvia me acompañáis todos los días. 

Papa

Es un día soleado, como hace un año. Parece que no haya pasado nada. Es como si los trescientos sesenta y cinco días se hubieran esfumado de un soplo… bfffffff… y ya no están. 

A pesar de todo, no estoy triste. La sonrisa y esa mirada traviesa que nos regalabas me alegra el corazón. Mi memoria es bonita contigo. Tal vez el hecho de no poder verte sea la diferencia con Silvia. A ella la recuerdo siempre sufriendo y decirle adiós fue doloroso. Para ella y para los que la queríamos. Tú te fuiste silenciosamente, por dos veces, silenciosamente. 

Podría enumerar cientos y cientos de momentos contigo, pero no voy a hacerlo. No es necesario describirlos, los tengo ahí conmigo acompañándome cada día. Tampoco voy a contarte un cuento porque hoy te toca a ti contárnoslo, que es domingo. Por cierto, hace poco me enteré que lo de “cuenta cuentos” nos viene de lejos. Es bonito tener un padre que te cuenta cuentos, y tú y yo lo teníamos, ¿verdad? Gracias por explicarme estas cosas, primo. Sobre todo en ese momento, que hizo que pueda recordar esos hechos con un sentimiento dulce.

Hoy el olor a serrín, a cola, a campo, a ajoblanco, a boquerones adobados, se junta con el del sol de abril. Te echo de menos. Te quiero papa.

Lauhra

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Me pasea mi perro, qué bonico es.

Recuerdo que os dije que iba a poneros musiquita, tocaba una de esas raritas que me gustan a mí, pero… he sacado a pasear a mi perro. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Nada absolutamente. Viene a ser como lo de tender manteles del otro día.

Batman, mi perro.

Mi perro — al que llamaré Batman desde ahora, aunque ese no es su nombre, por salvaguardar su privacidad (me meo de la risa), igual que lo hice con los nombres de mis hijos — está un poco loco según yo, como una puta cabra según los demás. Muchas veces me pregunto si no será que él me pasea a mí en vez de lo contrario. Me lleva a tirones por el barrio cada vez que salimos a la calle. Es un perro negro como el tizón mas negro que pueda uno imaginar. Si me deja, que es muy suyo con lo de posar, luego le saco una foto y os lo muestro. El caso es que hoy hemos dado la vuelta por encima del Merca♫♪ y luego nos hemos ido volviendo a casa paseando por un grupo de edificios de los años sesenta, no muy altos, donde hay una residencia de abuelos en uno de los bloques. Dentro de ese grupo residencial hay un parque infantil y, ahora que nos dejan socializar un poco más, vuelve a estar lleno. El otro día había niños, era por la tarde y después de merendar viene bien que se cansen un rato ¡lo sé por experiencia! Pero hoy, que era por la mañana, había gente mayor, muy mayor. Y me ha dado por pensar que esta puta pandemia no es del todo mala. Sí, ya os lo he dicho mil veces que soy optimista y muy positiva, siempre veo el lado bueno de las cosas. 

Os explico mi punto de vista: antes ibas a visitar a tus abuelos y te quedabas en la habitación o en las salas preparadas para eso, dentro de la residencia. Vi a muy poca gente sacar a pasear a sus mayores, os lo aseguro, cuando iba a ver a mi padre. Pero como ahora no puedes entrar en los centros por protocolo de seguridad del covid-19, si quieres ver a tus familiares, te los sacan a la calle. Después de tenerlos tan abandonados durante tanto tiempo por culpa de las restricciones, volver a ver a tu familia y al aire libre, tiene que ser fantástico desde el punto de vista del anciano. Así que me ha emocionado esa imagen del parque infantil donde los nietos llevan a pasear a sus abuelos; al igual es el mismo donde los abuelos los llevaban a ellos después de merendar. 

Me he vuelto a casa pensando que tenía que contarlo y que la entrada con música la haría mañana, si tengo tiempo. 

Vale, lo de pasear a Batman no tiene nada que ver con el tema, pero de no haberlo sacado, él no me hubiera arrastrado por medio barrio hasta allí y no me habría encontrado con esa bonita estampa. El hecho de explicaros como es mi perro es totalmente adicional y gratuito, porque ya que me pongo a hablar de mi perro, lo hago al completo. 

Voy a ver si encuentro una canción que case con el post. Ya vuelvo.

Bien, puede parecer que no ha pasado mucho tiempo pero llevo una hora escuchando canciones. ¿Esta no está mal, no? Apa, hasta aquí por hoy. Mañana más… o no.

Te quiero Silvy

Lauhra

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Colada

¿Habéis probado alguna vez a tender sábanas un día ventoso? A mí me pasa que, cuando esto sucede, me invade una sensación romántica de pasado. Sí, ya sabéis que soy dulce hasta la repulsión, según como y según cuando.

Vivo en un último piso y tiendo en la terraza y cada vez que tengo ropa grande y hace viento, aprovecho. Los alambres me los puso mi padre (ains, como te echo de menos papa, la de veces que pienso en ti), más o menos a metro ochenta del suelo, con lo cual, tiendo las sábanas casi por las puntas. A mis hijos les encantaba jugar entre ellas cuando eran pequeños, qué fotos más bonitas tengo de aquella época.

La cosa era que yo, hoy, tenía en mente subir algo de música, que hace días que no pongo nada nuevo, porque la semana que viene la trabajo entera (uha! hace meses que no pasa eso, se me va a hacer eterna) y voy a tener poco tiempo para lo que tenía en mente. Ahora que vuelvo a estar activa con los blogs, que ya sabéis que de vez en cuando desaparezco sin avisar, voy a echar en falta escribir. Es que mi vida es un caos cuando se normaliza. Mi casa es un desorden ordenado, que cuando tengo tiempo, me inspira. Pero cuando curro es un desorden y punto. Así que el caos se apodera de todo, incluso de mi intelecto, y soy incapaz de juntar dos letras con sentido. En previsión a ese estado caótico de mi mente, pensaba adelantar faena estos días de plácido erte que, a parte de ser una putada en lo económico, me proporciona un espacio creativo relajado. Como buena optimista, a todo le veo el lado bueno. Pero… he salido a tender y he sentido la necesidad de venir a contároslo. No han sido sábanas sino manteles que, para el caso, es lo mismo. Me gusta sentirme envuelta con la ropa limpia y húmeda, con el aire pasando alrededor, pelearme con las pinzas y soltar la ropa con la esperanza de haberla sujetado bien para que no salga volando. Siempre me recuerda a las imágenes de antes, cuando se tendía sobre los matorrales al lado del río, o en las cuerdas (verdes) de pared a pared del patio, al lado del lavadero. Ah, los lavaderos, que precioso olor a jabón de sosa en mi memoria. ¿Os habéis bañado alguna vez en un lavadero? Yo sí. De niña mi madre nos metía a mis hermanos y a mí en el que teníamos en el balcón, y es que antes todos los balcones tenían uno. También había jugado mucho en el que había en el portal de mis abuelos. Era un lavadero comunitario, casi como los de pueblo. Los vecinos bajaban a lavar la ropa allí, caía agua de la pluma (qué bonita expresión olvidada) por lo que siempre estaba limpio y lleno. Helado en invierno y fresquito en verano. Más de una vez había preguntado a mi madre si podríamos meternos dentro después de merendar, al llegar al portal el sábado, cuando visitábamos a mis abuelos. Es que era mucho más grande que el de casa y si en el nuestro ya era divertido, resultaba fácil imaginar multiplicado por mucho ese disfrute. Evidentemente, mi madre siempre me decía que ese lavadero no era como el de casa, más privado. Allí todo el que pasaba te veía. El olor al llegar al portal del edificio, de vigas y escalera de madera, es un recuerdo que no podré olvidar mientras viva y el Alzheimer no venga a por mí. Cuando paso por algún lugar antiguo donde hay fuentes, o si veo una puerta abierta, de interior amplio y oscuro, que sopla aire fresco al que se acerca, siempre, lo primero que llama mi atención es el olor. Dicen que el olor es el sentido que con más nitidez te recuerda el pasado. Debe ser cierto. Puedo verme perfectamente haciendo pasteles de barro en el callejón de mis abuelos. ¿La afición de pastelear debe venir de entonces? Qué cosas, nunca lo había pensado. Los decoraba con trocitos de cristal y cerámica. Antes en las calles se encontraban esas cosas; normalmente, al derribar un edificio para construir otro, los escombros se aplastaban y servían de relleno en la misma calle de tierra y mis abuelos vivieron por muchos años en una de las pocas calles así de mi ciudad. Diría que fue la última. Cuando la cimentaron me dio mucha pena. Ellos ya no vivían allí pero de vez en cuando a mi me gustaba pasarme y recordar.

Me disperso, como siempre. Os decía que mi idea era poner música, pero… coño, que he salido a tender y me he liado. Os voy a poner música igual, porque no concibo la vida sin ella, (me meo, debo vivir en un musical de los domingos, un día de estos me aparece el Gene Kelly bailando en el comedor), pero no la que tenía en mente. Esa me la reservo para otro día; a ver si tengo tiempo, busco información y este finde la cuelgo. Por de pronto, buscando, buscando (bueno, en realidad tampoco tanto), he dado con este vídeo que me ha hecho gracia, por lo del musical de mi vida, y en vez de canción al uso os pongo baile. Hay que ver lo que da de sí un periódico.

Te quiero Silvi. Hasta mañana, o no. Lauhra

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La última de nosotras.

Mi última caperucita, por lo menos de las que ostentan el título (etiqueta en este caso). Y último reblog que hago desde el “otro lado”. A partir de ahora, cada cosa en su lugar.

Desayunos en bruto

Mil veces, mil cuentos más.

Llevo mucho tiempo viviendo de cuentos. Traigo tantos conmigo que pesan más que la propia vida. He pensado en despojarme de ellos y, como hasta ahora los hemos ido compartiendo, me parece justo hacerlo ante vosotros.

Empiezo entonces.

Primero, dejaré ir los más oscuros. Los estoy buscando muy dentro de mí y no cuesta poco. Huyen en descampada, son mucho más rápidos que yo, pero no pueden estar mucho tiempo lejos unos de otros porque se alimentan a sí mismos y corren el riesgo de perecer. Así que al final los encuentro a todos reunidos en el hígado. Con mucho esfuerzo, ya que es pesado, lo saco de mi costado y lo remplazo por una piedra de color humo.

Seguiré con los tristes. Estos son más fáciles de rastrear ya que van dejando un hilillo húmedo por donde pasan que lo tiñe todo de azul…

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